Cuando Kawasaki lanzó la Z750 en 2004, ocupó un hueco de mercado que, visto en retrospectiva, resulta casi sorprendentemente lógico: más empuje y cilindrada que las naked de 600 habituales de la época, pero sin el peso, la potencia ni el precio de la gran Z1000. El tetracilíndrico en línea refrigerado por líquido cubica 748 cm³ y, según la generación, rinde entre unos 106 y 109 CV. En 2007 llegó la segunda generación, profundamente revisada, con chasis modificado, horquilla invertida y nueva configuración del motor. Para 2011, Kawasaki añadió la Z750R, que recibió, entre otras cosas, componentes de freno de mayor calidad, latiguillos metálicos y basculante de aluminio. Tras el año modelo 2012, la Z800 tomó el relevo.
Precisamente esta construcción clásica es parte de su atractivo actual. Nada de ride-by-wire, nada de IMU, nada de modos de conducción ni TFT, sino cable de acelerador, caja de seis marchas, inyección y un tetracilíndrico en línea con carácter que entrega su potencia con cada vez más contundencia a medida que suben las vueltas. Al mismo tiempo, no conviene idealizar la Z750 más de la cuenta. Ya de nueva, sobre todo en versión estándar, no era precisamente un templo gourmet de las suspensiones, y tras casi dos décadas, los compromisos de entonces se convierten en frentes abiertos por la edad. Quien quiera comprar hoy una Z750 de segunda mano debe temer menos al motor que a un amortiguador cansado, componentes de la parte ciclo corroídos o veinte años de creativa evolución streetfighter.

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