La primera subida llega antes de lo esperado. Un pequeño giro del acelerador, la rueda trasera se clava en el suelo y la Freeride sube limpiamente por la ladera. Sin juego de embrague, sin el chillido de un dos tiempos, sin motor rugiendo. En su lugar, solo escucho las piedras bajo el neumático, el crujido del terreno y ese suave zumbido eléctrico.
Y justo en ese momento ocurre algo sorprendente: tras unos pocos metros, dejo de pensar en que estoy sobre una moto eléctrica. La Freeride se conduce simplemente como una enduro de verdad. No como un experimento. No como un compromiso.

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